martes, 20 de marzo de 2012
En el paraje cubierto de ichu barrido por los vientos, el pastor buscó desde la mañana sus ovejas. No se explicaba cómo habían desaparecido. Luego de mucho caminar llegó a una explanada (donde con el tiempo se levantaría Cerro de Pasco), y sorprendido por la noche y el frío, decidió descansar, improvisando un lecho en una cueva. Al amanecer continuaría la búsqueda. Mientras chacchaba, esperando el sueño, advirtió un resplandor extraño y se aproximó a la entrada. ¡Qué hermosa era la noche! El cielo, divinamente azul; la luna encendida, redonda, inmensa, seguía su camino y todo lo bañaba de plata. El pastor quedó sumido. De pronto, un salvaje bufido volvió a la realidad el campo. Envuelto en luna, un toro blanco, gigantesco, de ojos encendidos, estremecía con bramidos la tierra, Así estuvo cuando, de una cueva, apareció desafiante un toro naranja, enorme y brillante. Entonces, se midieron y dieron rodeos, trabándose en descomunal batalla, ciegos, desesperados, el uno doblegando al otro, entre nubes de polvo y chispas arrancadas de las piedras, hasta que el blanco, exhausto, huyó en estampida y vadeando la laguna de Yanamate se hundió, donde ahora es Colquijirca. El toro naranja quedó solo, rascando con sus pezuñas el suelo, nervioso. Entonces, de otra cueva, brotó un toro negro, atacando, descomunal. Al verlo, el naranja arremetió. Se envistieron, sordos, enceguecidos, de pronto el negro salió corriendo espantado y se hundió donde ahora es Goyllarisquizga. El toro naranja aún estremeció la noche con un bramido vencedor y se perdió en la cueva de donde había salido. El pastor no salía de asombro. Cuando clareó, retorno a su estancia y contó lo sucedido. Meses después llegaron hombres barbados que portaban herramientas, ante la mirada impotente de los nativos.
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